Realismo mágico MADE IN PARAGUAY

Gabriel García Márquez, en su discurso de aceptación del premio Nobel de Literatura en 1982, destacó que el problema de los escritores latinoamericanos es que las palabras no alcanzan para describir nuestra realidad desbordada. O sea, aquella remanida frase de que la realidad supera a la ficción.

Nada más adecuado para pensar el Paraguay que habitamos últimamente. Sequías, calores e incendios apocalípticos, seguidos por lluvias de proporciones igualmente bíblicas. Tormentas de humo que crean noche en pleno día. Ñandúes corriendo desbocados por Acceso Sur, yacarés nadando a su gusto por las calles de Ita.

Las más grandes manifestaciones populares de las últimas décadas, opacadas en la prensa oficial por otro circo parlamentario para enjuiciar (perdón, proteger) a uno de sus cancerberos que se ceban en ese pueblo que protesta para defender sus derechos básicos. Y al mismo tiempo, un festival de música de magnitud asunciónica, cancelado por los diluvios antedichos, con rayos atacando el avión de una de las estrellas de las constelaciones impuestas por el olimpo yanqui.

Mientras tanto, la Hija del Mandamás de los autodenominados gremios de la producción, en la Convención de Biodiversidad en Ginebra, en representación del gobierno paraguayo, defiende el derecho de los cómplices de su padre a seguir deforestando y envenenando al país. Y el Secretario General Adjunto de la organización campesina más poderosa del país le arroja en la cara al Mandamás las cifras de la debacle frente a las cámaras de la televisión.

Y a nosotros, lectores atentos, nos empiezan a surgir preguntas: ¿Cambiará la Hija su postura oficial ante el cambio climático ahora que vio a su padre confrontarse con el daño que le están causando al país él y sus secuaces? ¿O los más de 50 millones de guaraníes que gana por mes la Hija la ayudarán a convencerse de que el cambio climático no es para tanto, y que la sequía, los incendios, los diluvios, bueno, son cosas que pasan?

La trama se está poniendo interesante, ¿verdad? Pero vamos, no pueden negar que si leen esto en una novela, dirían que al narrador se le fue la mano. Al fin y al cabo, lo más importante es la verosimilitud. Pero esto no es todo: falta la cereza de la torta.

Durante uno de esos diluvios, un hombre se lanza a un raudal para salvar a un niño que se abraza desesperadamente a un árbol para no ser arrastrado por las aguas. Podría haber sido simplemente un hecho de heroísmo más, pero no. Al Supremo Narrador de la realidad paraguaya se le ocurrió un golpe de tuerca: El Salvador es un desposeído, uno más de los innumerables indigentes creado por nuestro sistema social despiadado. Y el Rescatado es hijo de un Señor Senador colorado, un engranaje más de la maquinaria que ha llevado al Salvador a su indigencia. Llamémosle justicia poética…

Ahora el Salvador está salvado: le llueve ayuda económica, y el padre del Rescatado lo contrata para que cuide a su hijo. Reconozcamos que aquí el Supremo Narrador se salió de la onda realismo mágico, al diseñar este final digno del mejor melodrama hollywoodense.

La narración no termina, se abren nuevos capítulos cada día. Pero a nosotros se nos siguen amontonando las preguntas. Después de lo ocurrido, ¿cambiará el Señor Senador sus posturas políticas, y se convertirá en un abanderado de los humildes y los desprotegidos? O, ya en el ámbito de la especulación pura… ¿se habría arrojado el Señor Senador a las aguas para salvar a un hijo de Froilán?

Finalmente, ¿quién salvará al pueblo, abandonado en los raudales de esta doliente realidad?

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