Alhelí González Cáceres1

Entre el 14 y el 16 de mayo, Santiago de Chile fue sede del Seminario Internacional “De las ruinas del orden global hacia la construcción de un mundo más justo”, organizado en el marco de la Asamblea Bianual de la Plataforma América Latina y el Caribe Mejor Sin Tratados de Libre Comercio (TLC), de la cual es parte la Plataforma Paraguay Mejor Sin Libre Comercio.
La Plataforma América Latina y el Caribe Mejor Sin TLC, creada en noviembre de 2018, surgió como respuesta a la arremetida del gran capital, a través de instrumentos como los Tratados de Libre Comercio (TLC) y los Tratados Bilaterales de Inversión (TBI), entre otros, que materializaron la dominación del capital global sobre la región, buscando asegurar la continuidad de los procesos extractivos, así como la apertura de nuevos espacios para la acumulación capitalista.Durante el seminario se debatió la vigencia de estos instrumentos, con más de dos décadas de aplicación, en un contexto en el que la economía mundial es escenario de grandes transformaciones, economía cuya principal característica es la creciente pugna competitiva entre las potencias capitalistas emergentes como los BRICS2, particularmente China, por un lado, y, por el otro, el decadente imperialismo estadounidense intentando mantener su hegemonía en el proceso global de acumulación.
El capitalismo contemporáneo se encuentra en una fase en la que los límites para la acumulación son cada vez más patentes. Esta realidad se traduce en una preocupante proliferación de conflictos armados en ascenso y en la emergencia de un neofascismo que toma fuerza. En este contexto, el auge de la extrema derecha revive discursos nacional-proteccionistas, diseñados para fabricar la imagen de un “enemigo interno”. El propósito es claro: legitimar el desmantelamiento de las conquistas sociales mediante la reestructuración del Estado a través de una política de ajuste brutal en términos del costo social que implica la implementación de las políticas de ajuste comúnmente llamadas “neoliberales”.
La discusión sobre la pertinencia actual de los TLC y TBI, así como del viraje proteccionista del comercio global, se originó al intentar comprender la disputa entre Estados Unidos y China más allá de la guerra arancelaria. En este escenario, la narrativa anti globalista y anti libre comercio por parte del actual gobierno estadounidense ha generado cierta desorientación, conduciendo a pensar en que ya los TLC y TBI no son relevantes para Estados Unidos. Por ello, uno de los puntos centrales de la agenda discutida en Santiago fue la de dilucidar aquello que se esconde en el discurso proteccionista de la administración Trump.
Antes de avanzar, es fundamental recordar que los TLC y TBI configuran un complejo entramado jurídico y político que ha servido para reforzar y perpetuar la dependencia de las economías periféricas hacia las economías centrales. Asimismo, evidencian el estrecho vínculo entre los capitales más concentrados de la economía global y aquellos que operan en la región.
Estos tratados no se limitan a enmarcar las políticas arancelarias que implementan los países de la región, sino que son mecanismos que restringen la capacidad regulatoria de los Estados. En otras palabras, los TLC y TBI son instrumentos que ilustran la forma particular en la que América Latina y el Caribe se han relacionado y continúan relacionándose con el mercado mundial.
¿Hacia una nueva arquitectura económica global?
La narrativa predominante hoy en día gira en torno a la supuesta ruptura del orden económico y comercial global que conocíamos, yendo incluso más allá al señalar la emergencia de un supuesto orden postneoliberal. Esta afirmación nos obliga a indagar: ¿cómo era ese orden previo? ¿Qué componentes específicos se desarticularon? ¿Estamos ante el ocaso del neoliberalismo? Y, si aceptamos la premisa de que el antiguo orden se ha quebrado, ¿qué emerge en su lugar y cuáles son sus rasgos distintivos? Responder a estas preguntas exige una caracterización rigurosa de lo que, teóricamente, ha sido desmantelado.
El orden previo
Ascenso y caída del patrón oro – dólar
El orden internacional, cuya vigencia está en entredicho por el rol que entran a jugar las economías emergentes y otras potencias económicas como Rusia y China, data de 1944 con la Conferencia de Bretton Woods en donde nacieron instituciones como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF) que, posteriormente devino en el Grupo Banco Mundial.
El Grupo Banco Mundial se conforma por otras instituciones financieras y comerciales entre las que podemos citar, por ejemplo, al Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI), creada en 1966 y la Organización Multilateral para la Garantía de Inversiones (OMGI), creada en 1988.
De modo análogo fue creada una red de organismos financieros cuya finalidad es garantizar y facilitar la aplicación de las políticas del FMI y del Banco Mundial a escala global. En la región latinoamericana y caribeña este rol lo cumplen, por ejemplo, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Corporación Andina de Fomento (CAF). Las mismas tienen su homólogo regional en el mundo árabe y en África.
El patrón oro-dólar, establecido tras la Segunda Guerra Mundial, fue una consecuencia directa de la posición dominante de Estados Unidos al finalizar el conflicto. El país no solo contaba con un potente aparato industrial-militar, que se convirtió en el motor de acumulación de capital en las décadas posteriores, sino también tenía las mayores reservas de oro del mundo. Estos elementos clave permitieron a Estados Unidos consolidarse como el hegemón del capitalismo occidental y, en consecuencia, fijar un tipo de cambio anclado al oro que posibilitó posicionar al dólar como moneda mundial.
Sin embargo, el liderazgo de Estados Unidos en el proceso de acumulación global y el mantenimiento del patrón oro-dólar tuvieron un costo significativo para su economía. Esta presión se hizo evidente con la crisis de estanflación de la década de 1970, que finalmente llevó a la administración Nixon a desmantelar el patrón oro-dólar entre 1971 y 1973, devaluar el dólar y eliminar la convertibilidad en oro.

Crisis – Ajuste – Crisis: Reestructuración económica y globalización neoliberal
El desmantelamiento del patrón oro transformó profundamente las relaciones económicas internacionales. Esta política permitió a Estados Unidos trasladar los costos de su crisis —específicamente los asociados a su balanza de pagos y la disminución de sus reservas— al resto de la economía mundial. A pesar de esto, las instituciones financieras surgidas en la posguerra mantuvieron su papel central en el ámbito internacional.
El período de fluctuación monetaria que comenzó con la administración Nixon facilitó el despliegue del capital financiero especulativo, reflejo de la crisis de sobreacumulación. Los excedentes de capital que no encontraron oportunidades de inversión productiva se dirigieron fuera de las fronteras nacionales. Paralelamente a la expansión de las escalas de acumulación, se desarrollaron los paraísos fiscales, manifestación de la transnacionalización e internacionalización del capital bancario, especialmente hacia los países del Sur Global (Tablada y Dierckxsens, 2005).
Entre 1970 y 1980, los cambios más significativos incluyeron el predominio del ajuste neoliberal y la deslocalización de la industria y la producción. Esto último se tradujo en la proliferación de regímenes de maquila en las economías periféricas y una reorganización del mercado mundial caracterizada por la exportación de capitales hacia y desde América Latina.
El auge de las exportaciones de capital hizo necesario ajustar los marcos jurídico-institucionales para asegurar su libre movilidad global. Con este propósito surgieron los tratados y acuerdos comerciales que ganarían mayor relevancia a partir de la década de 1990 con la llamada globalización neoliberal.
El hito de principios de los noventa fue sin duda el Consenso de Washington en el que se impuso a América Latina un conjunto de reformas estructurales que involucraban la liberalización del comercio exterior, reducción del rol del Estado en la economía, privatizaciones de empresas y venta de activos públicos, así como la desregulación de las economías con la finalidad de promover la inversión extranjera. La aplicación del programa del Consenso de Washington fue la condición impuesta por las instituciones financieras internacionales a la región para acceder a la renegociación de la deuda externa (Fretez Bobadilla, 2017).
Washington vs. Pekín en la disputa por la hegemonía global
Retomando las premisas con las que iniciamos este artículo, uno de los elementos que habilitó el terreno para discutir la vigencia de los TLC fue la política comercial de la administración Trump, envuelta en una narrativa nacional – proteccionista que cuestiona la conveniencia de estos instrumentos para la economía norteamericana, que insta a los grandes capitales industriales a regresar a su territorio, a la vez de aumentar las barreras arancelarias y no arancelarias obstaculizando el acceso de la competencia al mercado estadounidense.
En otras palabras, Trump invoca el retorno a un orden económico global que ya no existe y no va a volver, sencillamente por la crisis general que atraviesa el desarrollo del capitalismo contemporáneo y de la que, precisamente, surgió el orden económico que hoy Estados Unidos cuestiona.
El llamado de Trump a revisar los acuerdos comerciales entre Estados Unidos y el resto del mundo, no supone una novedad, es de hecho, la continuidad de la política iniciada durante su primer mandato y que se asienta en un hecho concreto: el deterioro de las condiciones de vida de la clase trabajadora estadounidense.
La cuestión estriba en que los TLC han sincerado la relación Estado – capital, en donde el carácter clasista del Estado puede verse con total claridad a través de la implementación de políticas que han desmantelado al sindicalismo estadounidense, y ha borrado de un plumazo las conquistas de la clase obrera norteamericana.
Claramente los impactos de los TLC no se reducen a la reconfiguración del mercado laboral, sino también en la reestructuración de la matriz productiva de las economías y el caso de Estados Unidos no es la excepción. Los TLC surgieron como necesidad de los capitales más concentrados en la búsqueda de nuevos espacios para la valorización y con ello, de un marco jurídico que garantizara su libre movilidad.
La dicotomía proteccionismo – liberalismo parte de una falsa premisa si no se comprende que son dos caras de una misma moneda y que, de acuerdo a la necesidad histórica. El libre cambio es la premisa fundamental del capitalismo y, en consecuencia, el proteccionismo no implica protección de la “producción nacional” en abstracto, sino de la protección de aquellos capitales que lideran y hegemonizan los procesos de acumulación y, que en el caso estadounidense es el capital financiero – especulativo junto al complejo militar – industrial. En ese escenario no hay espacios para que aquellos capitales que operan en el sector productivo o en la llamada “economía real” puedan retornar. Esto es así por dos razones fundamentales: los elevados costos de la fuerza de trabajo estadounidense; la crisis general en la rentabilidad del capital. Ambos elementos obligan a la deslocalización en la búsqueda de garantizar la tasa media de ganancia a través de la superexplotación de la fuerza de trabajo en otras latitudes.
De ahí que el proteccionismo trumpista no es más que proteger al gran capital especulativo, sin políticas claras que permitan imaginar siquiera un proceso de reindustrialización y ni hablar de políticas que mejoren las condiciones de vida de los trabajadores estadounidenses. El proteccionismo a lo Trump llegó para quedarse porque es lo que hoy necesita el gran capital estadounidense frente a la agudización de la competencia internacional, especialmente frente a China.
Las políticas económicas no son neutrales y claramente el proteccionismo es selectivo – como lo ha sido históricamente – y en el momento concreto en el que nos encontramos, lo que busca la administración Trump es proteger a dos sectores esenciales: el de la transición energética y al financiero. Y con respecto al primero va en retroceso frente al liderazgo chino no solo en el mercado energético sino también en el tecnológico.
¿Un nuevo orden mundial?
Como hemos visto, con Trump no hay ruptura con lo anterior, sino un proceso de reconfiguración en el orden económico global con el objetivo de que las grandes corporaciones estadounidenses vuelvan a ubicarse en una posición de liderazgo en la economía mundial particularmente aquellas ligadas al sector energético y tecnológico.
La agudización de la competencia interimperialista entre los capitales más concentrados de China y Estados Unidos no implica la emergencia de un orden económico global postneoliberal, dado que el programa de ajuste estructural en sus diferentes dimensiones continúa vigente sin una propuesta alternativa clara por parte de otros actores en el plano geopolítico global.
Otro elemento a considerar es que, concretamente, la propuesta china no instituye una alternativa para el capitalismo en crisis cuya expresión ha sido el ajuste. Además, la lógica con la que operan los capitales chinos, sean estos públicos o privados, es la misma que la racionalidad capitalista: perseguir la rentabilidad de las inversiones sin importar los costos sociales, ambientales y económicos. Ejemplo de ello lo tenemos con la presencia de capitales chinos en África en sectores como la minería, o los acuerdos comerciales firmados con gran parte de los países latinoamericanos a principios del siglo XXI. La propuesta china para América Latina y África es la reproducción de la condición del capitalismo dependiente primario exportador, naturalmente, no sin sus particularidades.
Finalmente, es preciso apuntar que el escenario de crisis por el que actualmente atraviesa la economía mundial no se remonta ni al 2008 ni a la pandemia por Covid-19 que ciertamente significó su profundización a raíz de la ruptura en la cadena global de suministros y logística, sino que tiene al menos unos 30 años de desarrollo con momentos específicos de suavización del ciclo.
Ciertamente el orden económico global de la década de los ’90 se agotó, pero en su lugar no emergió algo “novedoso” ni mucho menos una “alternativa”, sino que emergió de sus cenizas el discurso proteccionista que no cuestiona ni pone en relieve la necesidad de un ordenamiento económico y financiero distinto al actual; con distinto me refiero al capital como elemento articulador.
Durante la administración Trump lo que puede observarse es la profundización de la crisis tanto económica, comercial y energética, como geopolítico entre las principales potencias que se disputan la hegemonía de la economía mundial y el orden global emergente y esto último no implica un factor novedoso, pues el desarrollo capitalista está guiado por la lógica de la competencia en la medida que los procesos de concentración y centralización de capitales se desenvuelve, como es la particularidad del momento en el que nos encontramos.
Un análisis prospectivo, considerando que el resto de variables permanezca constante, indica la agudización de la crisis y de una respuesta cada vez más violenta por parte los Estados Unidos, tanto en el terreno económico y comercial, como es el ataque a toda posibilidad de consolidación del multilateralismo, así como en el terreno de la ofensiva militar como lo hemos visto recientemente con el ataque a Irán, en donde Trump pasó por encima de las instituciones estadounidenses actuando no como jefe de Estado sino como emperador. Parafraseando a Beinstein (2010) en la actual fase crepuscular del capitalismo, en el que las fuerzas entrópicas del imperialismo estadounidense amenazan con llevarse por delante al conjunto del sistema mundial, la tendencia es a mayor barbarie.
- Doctoranda en el Programa del Doctorado en Economía, Instituto de Industria, Universidad Nacional de General Sarmiento, Buenos Aires, Argentina. Máster en Ciencias Sociales por el Programa FLACSO Paraguay. Economista por la Universidad de Pinar del Río, Cuba. Coordinadora de la Plataforma Paraguay Mejor Sin Libre Comercio. Investigadora del Centro de Estudios Heñói y miembro de la Comisión Directiva de la Sociedad de Economía Política del Paraguay y de la Sociedad de Economía Política y Pensamiento Crítico en América Latina y el Caribe, SEPLA. Integra la Asociación de Economistas de América Latina y el Caribe, AELAC y es miembro del GT de CLACSO Crisis y Economía Mundial. Contacto: caceresalheli06@gmail.com ↩︎
- BRICS, acrónimo utilizado para referirse a la alianza estratégica entre las economías emergentes tales como: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, a la que se han ido incorporando otros países. ↩︎
Referencias
Beinstein, J. (2010). Crepúsculo del capitalismo. Nostalgias, herencias, barbaries y esperanzas a comienzos del siglo XXI.
Fretez Bobadilla, A. (2017). Los acuerdos megarregionales y la nueva ofensiva del capital. Asunción: BASE Investigaciones Sociales.
Tablada y Dierckxsens, C., W. (2005). Guerra global, resistencia mundial y alternativas. Buenos Aires: Nuestra América.