Semillas y alimentos: entre la guerra y la paz

Estamos viviendo una guerra, que no tiene el fuego típico de una guerra, que no parece una guerra. Una guerra con la mejor publicidad que existe, que hasta las víctimas no se sienten tan víctimas, especialmente en las ciudades que se prestan meramente como consumidores”.[1]

Esto pareciera hacer referencia al conflicto bélico desatado en Europa hace unos meses, pero no. Soledad Barruti, periodista argentina que desde hace varios años viene investigando la relación que existe entre la industria alimentaria y nuestra manera de comer, escritora de dos libros, “Mala leche” y “Mal comidos”, utiliza la metáfora de la guerra para describir el nivel de violencia solapada que ejerce el sistema agroalimentario industrial sobre la población mundial, todos los días, sin que una gran parte de ella pueda verlo.

Pero la dificultad para comprender lo que está sucediendo no es responsabilidad de la gente, no se trata de un despiste o irresponsabilidad individual, sino del efecto provocado inteligentemente para que no se cuestionen hábitos colectivos que la mayoría de las personas los realiza, porque encuentra en ellos una solución a situaciones problemáticas que deben ser resueltas al menos tres o cuatro veces, todos los días.

La alimentación fue históricamente un acto social, apenas pudo, el ser humano logró domesticar especies vegetales y animales para ampliar y mejorar su dieta. La preparación de estos alimentos casi siempre estuvo en manos de mujeres, sean estas amas de casa o mujeres dedicadas al trabajo doméstico, donde la tarea de  cocinar se destaca por la necesidad de llenar las expectativas de las y los comensales. El disfrute de estos sabores se ha venido realizando de manera colectiva, alrededor de una mesa, tapete o simplemente compartiendo un espacio común. 

Pero la sociedad ha ido cambiando, los tiempos de la cocina ya no son los mismos de aquellos cuando se podía amasar, elaborar panes, pastas, quesos, de manera artesanal, casera. La industria alimentaria visualizó el gran negocio que suponía “ahorrar” tiempo a las amas de casa, ofreciendo productos listos para ser consumidos directamente, desplazando las prácticas desarrolladas por la sabiduría ancestral, que había encontrado maneras de prolongar la utilidad de los alimentos, a través de los fermentos, el deshidratado, las salsas, etc.

La aceleración del tiempo también fue cambiando, pareciera que cada vez el mundo gira más rápido, los relojes son implacables, la hora vuela. Además, la posibilidad de contratar a una persona que trabaje en la casa, y se encargue de la cocina es cada vez más reducida. Ante este escenario, la comida ultraprocesada, aquella que está lista para consumir o que requiere apenas un golpe de calor para hacerlo, ha venido a “solucionar” el dilema de la alimentación en la mayoría de los hogares. 

Pero, ¿sabemos realmente lo que estamos consumiendo?  “Vas a un supermercado y compras productos que son imposibles de replicar en casa porque no conocemos ni la mitad de los ingredientes y es eso lo que consumimos y les damos a los niñxs[2] Esta afirmación señalada por Soledad, invita a la interpelación, a leer las etiquetas de los alimentos industriales, a conocer aquellos ingredientes que se presentan con lenguaje técnico, para disfrazar elementos ya conocidos por su efecto nocivo en la salud.

Relación entre la alimentación y el modelo productivo

El agronegocio ocupa hoy el 94% de las tierras cultivadas del país. Lo que significa que la producción de alimentos, a pequeña escala, se limita a apenas el 6% del territorio. Como resultado de sus investigaciones, la periodista sostiene que la alimentación actual está intrínsecamente ligada a un modelo que no sólo genera destrucción, sino que además produce cada vez más víctimas directas:  “Las otras víctimas son los cuerpos de los territorios. Bosques arrasados por topadoras o fuegos. Armas químicas: venenos en nuestros alimentos que crecen con armas de guerra. Plantas adictas al veneno. La lógica de la guerra y la lógica de la destrucción están puestas en cada uno de los elementos de nuestra alimentación[3].

Lamentablemente los bosques de nuestro país, los de la región y los de la mayoría de los países del mundo han sido destruidos para dar paso a emprendimientos agrícolas de gran escala, que demandan el uso de semillas transgénicas, agrotóxicos, y fertilizantes químicos. Todas estas sustancias son vertidas en el suelo y absorbidas por las napas freáticas, cuando no van directamente a los cursos de agua, que en muchos casos se encuentran a escasos metros de las plantaciones y con el declive necesario para que fluyan estos líquidos directamente hacia ellos.

Si bien es el agronegocio el que utiliza el mayor porcentaje de estos químicos, la producción a pequeña escala se ve afectada, ya sea por la contaminación de los territorios, como por la provisión de estas semillas y químicos por parte del propio ministerio de agricultura. Al utilizar estos químicos, los microorganismos del suelo mueren, dejando a los cultivos mucho más vulnerables al ataque de plagas, lo cual exige reforzar la aplicación de insecticidas y/o fungicidas. Y cargar toneladas de fertilizantes para la próxima zafra. En el año 2021 el Paraguay importó 1.510.618 toneladas de fertilizantes, por un valor de 1.756 millones de dólares.

En esta lógica perversa, donde prima la ganancia sin importar las consecuencias, los animales, que después forman parte de la dieta de la gente, son manejados como si fuesen piezas de un engranaje, que deben “calzar” a como dé lugar: “(…) Se producen dentro de esta lógica de mercado donde todo ocupa el menor espacio posible, lo más rápido posible, de la manera más eficiente posible. Se desarrollan establecimientos para lograr esa “eficiencia” y no se ve la tortura sistemática que se ejercen sobre esos cuerpos (animales), víctimas de un modelo de ataque, forzar a esos cuerpos para que entren dentro de esa lógica de mercado y como se logra eso? Con violencia[4].

La industria de la carne, además de ser responsable de un enorme porcentaje del territorio deforestado, es en este momento propulsora de uno de los problemas sanitarios más graves de la humanidad, que es la resistencia a los antibióticos, aplicados indiscriminadamente en vacas, aves, cerdos de producción industrial.

A pesar de todos estos males, este modelo sigue gozando de gran legitimidad y el apoyo incondicional de las instituciones gubernamentales, que deberían regularlo. La idea predominante, impuesta a través de sus representantes en el congreso nacional y los medios de comunicación masiva, habla de las infinitas “bondades” de un modelo que ubica al Paraguay como el cuarto mayor exportador de soja y entre los primeros diez países exportadores de carne[5]

Pero no sólo son los bosques, los ecosistemas, los cultivos vegetales, las semillas nativas y la producción animal, quienes reciben el impacto de esta violencia; “Y por último: las personas. Dictadura permanente donde las personas van no teniendo lugar. Territorios vacíos del agronegocio[6]. En muchos países esto se torna cada vez más normal, territorios inmensos destinados exclusivamente al agronegocio, desiertos verdes con tractores, sembradoras, fumigadoras, cosechadoras, donde ya no hay escuelas, no hay casas, no hay bosques, tampoco arroyos ni pájaros, ya no hay animales libres, los que hay están hacinados en feedlot. Esta destrucción de los territorios, que no sólo hacían posible la reproducción de la cultura del buen vivir de miles de comunidades indígenas y campesinas, también eran hábitats de miles de especies vegetales y animales que hoy ya no existen. El modelo se dedicó a romper los tejidos sociales, el vínculo de las personas con la naturaleza, con el único objetivo de producir muchos millones de dólares, Pero, lamentablemente los billetes no se comen, ni se tragan las monedas.

Y ¿cómo sucede todo esto sin que la conciencia colectiva no ejerza una masiva resistencia? Al parecer hay ideas que nos van introduciendo lentamente, como si fueran píldoras: “La idea de que la naturaleza es algo que existe para nosotros, para que la usemos, nos enseñan que vivimos en un “mundo cosa”. Destruimos todo para esta cultura de consumo zombie. La que nos dice que talemos un bosque porque estamos haciendo algo más interesante que el bosque en sí. (…) Al ritmo de la coca cola sube el consumo de antidepresivos. La crisis no es sólo ecológica, es climática y de sentido, estamos exponiendo nuestros cuerpos a ser parte de ese reservorio de infelicidad que estamos condenando a todo lo otro. No se puede destruir todo y hacer como si nada”[7]

“Civilización abocada a lograr que todos los otros seres vivos la pasen pésimo. Civilización generalmente blanca occidental colonial que se está llevando puesto todo y que cuando hay que echar la culpa a algo, la culpa es de la humanidad y ahí van a parar un montón de pueblos y formas de vivir que no solamente no hicieron ningún daño ni lo hacen sino que son los garantes de que los territorios se mantengan en pie. No es una humanidad destructiva, hay una civilización destructiva. 

Cuando entendemos eso es cuando nos damos cuenta de que la salida está en esas otras formas de vivir, de vivir en relación con la tierra”[8].

Pero, ¿existe una salida posible?

Quienes todos los días bajan los pies de la cama con la esperanza de que esta barbarie puede acabar, viven construyendo ese camino. “Lo que mueve la lucha por los territorios es el amor y que involucra mucho más que humanos, la multiplicidad de diálogos que se abren en torno a las relaciones de amor que tenemos. (…) Campesinos, indígenas mostrando que hay otras formas de vivir (…) La resistencia contra el colapso no es más ni menos que volvernos esa diversidad humana que vive en paz con los territorios. Cambiar los cuentos desde las ciudades. (…) La resistencia es desde todas partes, romper esas fronteras, esa invisibilización entre ciudad y campo y lo que ocurre en territorios. (…)Recuperar la narrativa del amor”[9].

La puerta de entrada a la construcción de alternativas es el acceso a información, es la osadía de hacer correr la voz, es la licencia de hablarlo en espacios dominados por los promotores de este modelo de sociedad, es entender la necesidad de hacerlo, pero no sólo de manera individual, sino además e ineludiblemente, de manera colectiva y organizada.

Y por más de que exista un gigantesco aparato que opera para invisibilizar las alternativas que existen, se sigue caminando y, en el caso de Heñói, todos los años, desde hace más de una década, se realiza la Feria Nacional de Semillas Nativas y Criollas Heñói Jey, encuentro semillero que busca  mostrar a la ciudadanía la extraordinaria riqueza de nuestro patrimonio agroalimentario, pero también analizar la situación semillera nacional, debatiendo sobre temas que  preocupan, como el avance del control de los territorios por parte de los agronegocios y sus semillas transgénicas, la pérdida de germoplasma nativo y adaptado, en paralelo a la pérdida de saberes asociados a la reproducción de semillas nativas, el riesgo de pérdida de variedades, en especial del maíz, base de la cultura alimentaria del país, entre otros. Creemos necesario facilitar espacios de intercambio de conocimiento y de material germinativo entre productores/as campesinos/as y comunidades indígenas, para avanzar en el fortalecimiento de la Red de Semillas que permita la réplica y conservación de semillas nativas y criollas en el tiempo, de manera a fortalecer también la organización colectiva para la lucha por la recuperación de la soberanía alimentaria nacional.

Este año, el encuentro tuvo lugar el 8 de julio en la plaza de la Democracia, uno de los principales espacios públicos de la capital del país y punto de encuentro de diferentes reivindicaciones sociales. Inició en horas de la mañana y durante todo el día el centro asunceno presenció una fiesta semillera llena de colores, diversidad y debate. Se contó con la presencia de aproximadamente 200 compañeras y compañeros de diferentes organizaciones campesinas y comunidades indígenas, provenientes de distintos departamentos, entre ellas la Federación Nacional Campesina, Conamuri, Cultiva PY, Oñoiru, APAPY, Ceidra, Apro, APDI y Pastorales sociales de los distritos/ciudades de San Pedro del Paraná, Coronel Oviedo, Caaguazú, San Joaquín, Escobar, Tebycuarimi, Pirapey, Alto Verá y Guairá.

Las mesas temáticas contaron con expositores internacionales de Brasil, Dinamarca, Argentina, así como expositores locales que hablaron del contexto paraguayo y regional. Si bien las realidades compartidas han tenido sus particularidades, fue muy marcada la coincidencia en padecer gobiernos cooptados por sectores de poder, que hacen posible la sobreexplotación de los bienes naturales, en detrimento de la producción de alimentos y semillas nativas. Compañeras, compañeros campesinos e indígenas han compartido y debatido sobre esto y han redoblado su compromiso. Como cierre del evento, se realizó la conferencia “Alimentación, activación y resistencia para estos tiempos de colapso” con la participación de Soledad Barruti, periodista y directora de la red latinoamericana de periodistas, dedicada a temáticas vinculadas a los sistemas alimentarios y los territorios, llamada “Bocado”, cuyas ideas las hemos expuesto en los párrafos anteriores.

En esta guerra están en juego los ecosistemas, especies vegetales y animales que aún nos quedan, está en juego el futuro de la humanidad. Si el ejército de los que defendemos la vida creciera e incorporase a las víctimas de este modelo de muerte, la ganaríamos todas y todos. De nosotros depende.


[1] Conferencia de la Periodista Soledad Barruti “Alimentación, activación y resistencia para estos tiempos de colapso” en la Feria Nacional de Semillas Nativas y Criollas Heñói 2022.

[2] Idem 1.

[3] Idem 1.

[4] Idem 1

[5] AgroLatam, octubre de 2021. Disponible en: https://www.agrolatam.com/nota/paraguay-cerrara-este-ano-como-noveno-exportador-mundial-de-carne-segun-el-usda/

[6] Idem 1.

[7] Idem 1.

[8] Idem 1.

[9] Idem 1.

Fotos: Heñói

Material libre para su difusión citando la fuente.

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