“Los que saben son dueños de los que no saben”.

El pasado 10 de febrero del año en curso, hemos compartido junto a compañeras y compañeros campesinas/os, una jornada de aprendizaje colectivo en la localidad de Tebicuarymi, departamento de Paraguarí. En la oportunidad se realizó un taller teórico-práctico sobre el uso y cuidado del suelo, facilitado por el agroecólogo Pablo González Parini. Los argumentos del por qué es necesario ver al suelo como un ser vivo al que debemos alimentar, para obtener de él los beneficios esperados, iban siendo demostrados con ejemplos prácticos que las y los participantes acogieron con agrado. En un momento uno de los campesinos intervino con vehemencia: “Cómo me gustaría que todo el pueblo escuche estas explicaciones, porque nunca nos hablaron así, nos enseñaron totalmente al revés”.

Se conversó además sobre la crisis climática que está causando estragos en nuestro país, así como en el resto del mundo. Este año la sequía es mucho más severa que en años anteriores, debido a la coincidencia de las altas temperaturas y la escasez de lluvias, a lo que se agrega el fuerte impacto que tiene la destrucción sistemática de áreas boscosas, tanto en la región oriental como en el Chaco. Todo esto repercute directamente en las zonas productivas, que ya vienen sufriendo la degradación de los suelos por el uso de fertilizantes e insecticidas químicos, y la ausencia de prácticas de recuperación de suelo.

Lamentablemente padecemos instituciones que hipotecan el futuro de las generaciones venideras, los pocos bosques que aún quedan y que constituyen zonas de amortiguamiento del calor y fuertes vientos, así como reservorios de agua, se encuentran en absoluta vulnerabilidad, no están siendo protegidos, son vistos como meras mercancías.

En otro momento, el mismo compañero volvió a expresar su sentir: “Los que saben son los dueños de los que no saben” haciendo alusión al sometimiento del que es víctima el campesinado. Quienes se presentan como “los que saben” mienten desde sus posiciones de poder, negando los saberes tradicionales, los conocimientos del campo y con ello refuerzan la dependencia de “quienes no saben”.

Luego del taller productivo, el economista Luis Rojas presentó el estudio “Fincas Campesinas: camino sostenible a la soberanía alimentaria”, donde además de demostrar la rentabilidad y potencialidad que tienen las fincas, se puede dimensionar la superioridad de este modelo de producción frente al agronegocio. El discurso hegemónico afirma que la producción campesina es un modelo que debe ser superado, que representa el atraso, por ende, no puede ser rentable. Sin embargo, los datos del estudio son claramente elocuentes, y esto fue celebrado por las productoras y productores, quienes reconocieron en su esfuerzo diario, la esperanza de un país mejor, la posibilidad de salvar el ka´aguy (monte) que aún queda en las zonas rurales, los beneficios de producir alimentos sanos, frescos, que no enferman y a través de esa tarea tan importante, generar puestos de trabajo. Si bien el empresariado y el propio ministro de agricultura lo señaló en más de una ocasión, el visualizar las fincas campesinas como unidades empresariales a mecanizar es un rotundo error. En ellas hay teko (vida), hay conservación de la naturaleza, hay alimentos, hay “arandu ka´aty” (sabiduría popular), hay solidaridad, y también hay rubros de renta y autoconsumo, productos derivados, entre otras bondades.

Pese al esfuerzo que realiza el pseudo empresariado, a través de sus representantes públicos, por instalar la idea de que las fincas campesinas deben mecanizarse, deben convertirse en empresas individuales para el lucro, las compañeras y compañeros presentes en el taller, expresaron que el único camino para salir de estas múltiples crisis es la organización: “Nos aprieta la politiquería, el único camino es la organización y la unidad”.

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