Últimos entre los últimos

Por Heñói

Los autodenominados gremios de la producción, hace un par de años decidieron capturar las decisiones del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología del Paraguay -Conacyt. Cuando alguna investigación local puso en evidencia el impacto de la producción de soja y maíz transgénico que ellos defienden, que altera la genética de nuestros niños con sus venenos, los personeros de los gremios consideraron que ellos entienden mejor sobre temas científicos que los mismos científicos.

Nos preguntamos si entenderán, entonces, la relevancia y el rigor de las investigaciones del Massachusetts Institute of Technology – MIT, que en el Índice de Futuro Verde[1] ubica a Paraguay en el lugar 75 entre 76 países evaluados en cuanto a sus progresos en el compromiso de construir un futuro sostenible, vivible, “de bajo carbono”.

El estudio evalúa cinco pilares sobre los que se considera que se construye un futuro más limpio: 1. Emisiones de carbono, incluyendo el grado de cambio en las emisiones en el transporte, industria y agricultura; 2. Transición energética: la contribución y la tasa de crecimiento de fuentes de energía renovables; 3. Sociedad verde: una gama de indicadores que cubren forestación, desarrollo de edificios verdes, reciclaje, y consumo de productos animales; 4. Innovación limpia: el número relativo de patentes ecológicas, inversión en energía limpia transfronteriza; y 5. Política climática: compromiso político con objetivos relacionados con el clima, programas de financiación del carbono, modelo agrícola.

Por un lado, el MIT afirma textualmente que “Paraguay carece de una política formal de cambio climático”, hecho que vienen denunciando desde hace décadas las organizaciones sociales y las víctimas directas de la producción no sostenible, es decir la población campesina e indígena, expulsada, envenenada, empobrecida y negada. Por otro lado, las autoridades nacionales, completamente alineadas a los intereses empresariales, operan en sentido contrario; el ministro de agricultura Moises Bertoni afirmó[2] que “nuestros sistemas productivos, desde el punto de vista de gases de efecto invernadero, es totalmente equilibrado” (sic).

Más allá de los problemitas gramaticales que evidencia el ministro, esta contradicción tan radical motiva una profunda pregunta acerca de en qué planeta vivimos unos y otros, aquellos que tratamos de permanecer sanos y vivos y aquellos que tratan de seguir enriqueciéndose sin importar el costo que pagamos todas y todos los demás.

Gobiernos que no son

En un reciente informe[3] presentado ante la 46° sesión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, el Relator Especial sobre el derecho a la alimentación, Michael Fakhri, analiza el grave impacto de la pandemia en la actual crisis del hambre; pone en evidencia la responsabilidad de los sistemas agro-alimentarios vigentes en la pérdida de germoplasma (semillas y otros materiales germinativos), en la violación de los derechos de los agricultores y en la falta de vigencia del derecho a la alimentación. Y responsabiliza de la falta de respuesta ante esta situación a los gobiernos que, aunque algunos “han garantizado la disponibilidad y accesibilidad de los alimentos mediante programas de socorro, solo han prestado atención a las calorías, sin atender las necesidades nutricionales y culturales de las personas”.

Fakhri subraya que, a pesar de la gravedad de la crisis, y aunque el hambre sigue expandiéndose en el mundo desde 2015, la gobernanza mundial sigue privilegiando los intereses empresariales, mientras que los intereses de los pueblos y de la vida son postergados. Especialmente fuertes son las críticas realizadas hacia la propia FAO[4], que viene organizando una cumbre sobre alimentación prevista para el último trimestre de este año, en cuya preparación no se ha mencionado siquiera el concepto de derechos humanos; debido a este enfoque, el Mecanismo de la Sociedad Civil y Pueblos Indígenas (se estima que representa a unos 300 millones de afiliados), ha impugnado el evento.

Esta crítica hacia los organismos de gobierno (local, nacional y mundial) se origina en la captura que las empresas han hecho -y siguen haciendo- de cuanto espacio legítimo de defensa de la humanidad se ha construido a lo largo de la historia. En nuestro país la captura del Estado es muy evidente: del poder ejecutivo, por la vía del diseño de Instituciones al servicio de latifundistas y de la producción primaria extractiva; del poder judicial, cuyas sentencias se cotizan a la carta; del poder legislativo, donde se trafican normas para facilitar rentas cada vez mayores en menos tiempo. Los intereses empresariales han capturado la investigación, y tienen muy bien amarradas las oficinas de Naciones Unidas; basta mirar los argumentos mentirosos con los que FAO respalda el endeudamiento nacional para el Plan Nacional de Reforestación, ¡con eucaliptus![5], o el proyecto llevado adelante por PNUD[6] Producción y Demanda de Commodities Sostenibles para el Chaco – Green Chaco, cuando es evidente el gravísimo proceso de destrucción de ecosistemas que la ganadería está causando en esa región.

Nuestras semillas, nuestra soberanía

Venimos sosteniendo que el camino de recuperación de nuestra soberanía se abrirá en la medida en que recuperemos nuestro primer patrimonio: la fortaleza que deviene de una buena alimentación y nutrición. Y esa fortaleza se iniciará con la recuperación de nuestras semillas, de la tierra en donde usarlas, de los conocimientos productivos que guarda nuestra gente, en síntesis, de la recuperación de nuestra autonomía productiva.

Alertamos acerca de las mentiras instaladas desde estos organismos que ni nos representan, ni atienden nuestros intereses, ni respetan nuestros derechos. Para muestra un botón: los datos de importación de semillas de los dos últimos años:

Estas cifras (oficiales) ofrecen información muy interesante:

  • El volumen de semillas hortícolas importadas casi se triplicó en un año. ¿Será porque las restricciones de tránsito en frontera obligaron a despachar legalmente el material? ¿Quiere decir que cuando el pueblo reclama inacción ante el contrabando tiene razón?
  • En 2020 no se importaron semillas de algodón (transgénico). ¿Será porque, tal como se venía advirtiendo desde 2011, esos eventos de algodón no están pensados para Paraguay, y por eso su productividad es bajísima? ¿Para esto mataron las variedades locales de algodón?
  • La dependencia semillera de nuestro país compromete la friolera de 74 millones de dólares anuales, divisas que podrían quedar en manos de nuestra gente, si la producción primaria del país fuera soberana, si estuviera orientada a reproducir procesos ecológicos e interacciones biológicas con el objetivo de conservar la salud de los suelos, la pureza del agua, cultivos protegidos, todo ello al servicio de la vida de todas las especies, incluyendo la vida humana.

Mientras tanto, seguimos agonizando como nación, gracias a la ceguera de nuestras autoridades, las propias y las que nos ofrece Naciones Unidas en la forma de sus agencias, más la brutalidad de latifundistas, gremios y empresas que mantienen capturadas estas instituciones.

Si pretendiéramos salir de nuestra condición de últimos entre los últimos, si decidiéramos una transformación profunda de nuestra realidad, para recuperar dignidad y esperanza, es urgente tomar la conducción del país por el camino de un gobierno de emergencia nacional. Por ello, y acompañando a jóvenes, campesinos, sindicatos y otros grupos movilizados, decimos: #Que se vayan todos y #ANR Nunca Más.

[1] The Green Future Index acaba de ser publicado en MIT Technology Review. Disponible en https://www.technologyreview.com/2021/01/25/1016648/green-future-index/

[2] Declaraciones disponibles en: https://www.abc.com.py/nacionales/2021/02/23/ministro-de-agricultura-fustiga-a-bill-gates-y-dice-que-paraguay-defendera-su-produccion-ganadera/

[3] Disponible en: https://undocs.org/pdf?symbol=es/A/HRC/46/33

[4] Food and Agriculture Organization, Organización para la Alimentación y la Agricultura, órgano de Naciones Unidas.

[5] PROEZA es el nombre del proyecto por el que el gobierno nacional, con apoyo de FAO, impulsa la plantación de esta especie de árboles en tierras en manos campesinas e indígenas, con grave impacto en las condiciones de vida de la población aledaña.

[6] PNUD es el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. El nombre no explica cuál desarrollo es el que se busca desde este organismo.

 

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