Crece la dependencia alimentaria y decrece la independencia del Paraguay

Heñói

El año en curso ha sido testigo no solo de la expansión sin precedentes de una epidemia a escala global, sino también del recrudecimiento de las falencias sociales estructurales de la mayoría de los países. En el caso paraguayo, las falencias no solo tienen que ver con el precarizado sistema de salud pública, sino además con muchas áreas muy sensibles, como la de la producción y provisión de alimentos para la población.

En Paraguay predomina el modelo de producción agrícola denominado agronegocios, dirigido por el mercado, o más precisamente, por los actores dominantes en los mercados internacionales: grandes corporaciones transnacionales de la industria de la manipulación genética agrícola y sus derivados, con nombres muy conocidos: Cargill, ADM, Bayer-Monsanto, Syngenta, Unilever, Nestlé, entre otras. Estas empresas demandan del Paraguay algunas mercancías o materias primas, principalmente la soja y el maíz transgénicos y sus derivados, como harinas, balanceados, aceites. Para este efecto, primeramente, venden al país sus insumos tecnológicos con los que producir, semillas genéticamente modificadas, agroquímicos, fertilizantes y maquinaria agrícola. El resultado es el complejo sojero, responsable de la mayor parte de las exportaciones del país, así como de crecientes problemas socioeconómicos y ambientales: concentración de la tierra, migración, desempleo, contaminación y deforestación.

Otra consecuencia derivada de este modelo de producción es la subordinación del país, la pérdida de soberanía, la creciente dependencia hacia actores externos para proveernos de conocimientos, insumos productivos, capital y, más grave aún, de alimentos para el consumo interno. Como el complejo sojero (al que se suma el complejo de carne para exportación) acapara la mayor parte de las tierras del país, acapara el capital disponible (incluso el público), y acapara las políticas de apoyo estatal (del MAG, IPTA, SENAVE, MIC, BNF, etc), la producción de otros rubros, principalmente los demandados como alimentos en el mercado interno, van cayendo progresivamente, dado que no despiertan mayor interés para las grandes empresas, y lamentablemente, tampoco para el Estado. La captura de las instituciones del sector público por parte del agronegocio desde hace décadas ha resultado en más tierra, capital y beneficios para dicho sector, al tiempo de menos tierra, capital y apoyo a la agricultura campesina, principal proveedora de alimentos para la población nacional.

Esta situación de dependencia e inseguridad alimentaria no es nueva, lleva varios años, incluso décadas, pero se está profundizando aún más, y el presente año es un ejemplo de ello. La importación de hortalizas es una muestra clara del fenómeno: mientras los horticultores nacionales están en crisis y reclaman apoyo en tierra, infraestructura, créditos y precio justo, las importaciones de tomate, locote y zapallo de la Argentina y el Brasil aumentan aceleradamente. El cuadro 1 sintetiza datos del SENAVE, que muestran que mientras entre enero y junio del 2019 se importaron 56 mil toneladas por valor de US$ 10 millones, en el 2020 se importaron 111 mil toneladas de hortalizas por US$ 23 millones, lo que representa un aumento de 128 % en valor y 98 % en volumen.

Esta situación se da en el contexto del Covid 19, con la consecuente política de aislamiento y control fronterizo. Sin embargo, en enero y febrero, meses previos a la pandemia en Paraguay, ya las importaciones de hortalizas habían crecido considerablemente respecto al año anterior, un 94 % en las toneladas importadas. Pero en coincidencia con la crisis sanitaria, entre marzo y abril se da el mayor salto en las importaciones, llegando en ambos meses a 46 mil toneladas importadas por valor de US$ 11 millones, un incremento de 171% en volumen y 296 % en el valor pagado. Este repentino salto parece indicar que, ante la limitada e insuficiente producción nacional, y la repentina caída del ingreso de hortalizas de contrabando por las restricciones a la movilidad en fronteras, ese ingreso ilegal se “legalizó”, pasó a ingresar por el único canal que quedaba abierto, la importación autorizada vía las AFIDI (Autorización Fitosanitaria de Importación) emitidas por el SENAVE.

En los meses de mayo y junio se mantuvo la misma tendencia, de forma moderada, con importaciones por 36 mil toneladas, lo que equivale a 49 % más que el mismo bimestre del año pasado. Más allá que el ingreso de las hortalizas haya sido de forma legal o ilegal, el hecho incuestionable es el dramático aumento en su volumen, y por tanto, la pérdida creciente del mercado interno para la producción nacional, y en consecuencia, pérdida de trabajo y riqueza para nuestro país.

El cuadro 2 muestra los datos de la importación de frutos frescos, entre los cuales están las frutas, rubros de verdeo, entre otros. Se observa la misma tendencia que en hortalizas, el aumento de las importaciones, aunque de manera menos pronunciada. Mientras que en 2019 se importaron en el primer semestre del año 24 mil toneladas, por valor de US$ 7,3 millones, en el mismo periodo del 2020 el volumen subió a 35 mil toneladas, por US$ 10 millones. El incremento fue de 43 % en volumen y 37 % en el valor.

Entre enero y febrero la importación de frutos frescos fue similar a la del 2019, aunque con una reducción del 21% en su valor, por precios más bajos registrados. A partir de marzo cambia esa tendencia y la importación sube a 15 mil toneladas, con un incremento de 33 % respecto al año anterior. Entre mayo y junio se da el mayor aumento en las importaciones de frutos frescos respecto al mismo bimestre del año anterior, con 87 % más de toneladas ingresadas. La satisfacción de la alimentación de la población nacional cada vez más dependiente de la producción extranjera da cuenta de la involución del país en materia agroalimentaria, y del fracaso (o complicidad) de las políticas agrarias en esa dirección.

Hace unos días la Fuerza de Tarea Conjunta asestó un “duro golpe” al EPP en el norte del país, asesinó a dos niñas de 11 años. Como muestra de indignación, unas jóvenes protestaron quemando una bandera paraguaya y pintando grafitis en el Panteón de los Héroes. Sectores conservadores de la sociedad reaccionaron ante este último hecho rasgándose las vestiduras por la afrenta al patrimonio nacional, pues simbolizan nuestra “soberanía”. Indignación vacua, superficial y etérea, fruto de una ceguera, interesada o no, hacia nuestra triste realidad: un país sin soberanía, sin proyecto de país independiente, sometido a las decisiones del gran capital internacional, relegado al sitial de país sojero para saciar las necesidades calóricas de la comunidad internacional de aves y cerdos. Ni el tomate, ni las naranjas, ni las verduras van siendo nuestras. Ni las tierras, ni las decisiones. Francia y los López evocan el eco lejano de una patria soberana, pisoteada desde la guerra grande una y otra vez. Una y otra vez, y otra vez.

 

Fotos:  composición de imágenes de ABC Color y Heñói.

Material libre para su difusión citando la fuente.

One thought on “Crece la dependencia alimentaria y decrece la independencia del Paraguay

  1. Una realidad profundamente dañada por las acciones devoradoras del capital es lo que padecemos hoy en Paraguay. Nos fueron vaciando económicamente afectando a todos los sectores sociales y culturalmente trastocando valores, usos, formas de pensar. Este material y los demás que se producen en este espacio colabora con el ejercicio necesario de repensarnos y ver alternativas

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