De la olla al palacio

Por Heñói

Como sociedad, gracias a la paciente cantinela a la que nos someten prometiéndonos un futuro de bienestar y progreso, hemos elegido hace muchos años apoyar a los empresarios de la carne y la soja, que sólo producen dinero (para pocos), despreciando y persiguiendo a quienes producen alimentos. Esa es la razón fundamental por la que la calamidad del coronavirus ha dejado a millones de compatriotas con hambre, y sin perspectiva de solución a corto y mediano plazo. La retracción de la actividad económica, las dificultades logísticas y el cese del transporte contribuyen al problema.

Quienes producen dinero (para pocos) nos dejan  “de regalo” –desde hace décadas- suelo devastado por la dinámica perversa de deforestación-monocultivo (de soja o pasturas, es igual); agua envenenada por agrotóxicos y gente empobrecida, desplazada y hambrienta. Hemos perdido soberanía alimentaria, junto con la tierra que roban hasta ahora los poderes económicos.

Ante la crisis, las medidas gubernamentales nos muestran un derrotero conocido de beneficencia clientelar: kits de alimentos a las familias con niños escolarizados; un miserable subsidio al que llamaron pretenciosamente pytyvo; un set de semillas de huerta sin asistencia técnica ni infraestructura. Es decir, propaganda sin sustancia. Estas medidas son aceptadas por quienes producen dinero (para pocos). Dicen que con ellas el Estado muestra responsabilidad. Poco les importa que sea propaganda destinada a ser un gran velo al saqueo; quienes reciben semillas firman una planilla en blanco en la que después se cargará lo recibido y su costo, quién sabe si más tarde descubriremos que afanosos agricultores recibieron en los papeles 100 veces más de lo que los técnicos del ministerio le entregaron.

Para nuestro “consuelo”, no somos las únicas víctimas de quienes producen dinero (para pocos). El líder del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, David Beasley, ha declarado que el mundo se enfrenta a “hambrunas de proporciones bíblicas” y advierte la muerte de cientos de millones de personas por hambre en los próximos meses[1].

FAO estima que hoy al menos 265 millones de personas en el mundo están al borde del hambre por la crisis de Covid-19, el doble del número amenazado antes de la pandemia. Las propias multinacionales Unilever, Nestlé y PepsiCo, en alianza con organizaciones de la sociedad civil que las legitiman, han escrito a los líderes del G20 pidiendo que “mantengan las fronteras abiertas al comercio para ayudar a los más vulnerables de la sociedad”; hasta ellos piden a los gobiernos “invertir en producción de alimentos ambientalmente sostenibles”[2].

Gremios e influencers del norte global, amigos y aliados de quienes producen dinero (para pocos), los mismos que hace 25 años presentaban los cultivos genéticamente modificados como la salvación contra el hambre mundial, hoy promocionan comida fabricada en laboratorio. Se trata de una especie de harina producida a partir de una sopa de bacterias tomadas del suelo y multiplicadas en enormes tanques de metal, utilizando hidrógeno extraído del agua como fuente de energía. Una empresa finlandesa llamada Solar Foods lidera la producción de esta “harina” que, aunque aún no tiene licencia para la venta, se presenta como la materia prima que puede reemplazar la carne, la leche y los huevos, y hasta ácidos grasos omega-3 de cadena larga para reemplazar el pescado en la dieta[3].

Mientras tanto, acá y en muchos otros países, la población desesperada recurre a la solidaridad entre pobres con mecanismos de organización de una eficiencia extraordinaria. Ollas populares; donaciones de pequeña y gran escala; campesinos abasteciendo de rubros básicos a sus vecinos desolados. La escena es recurrente en la periferia de las ciudades de cientos de países del sur global.

Quienes producen dinero (para pocos) apelan a sus colegas a ser responsables, a tener sentimientos humanitarios y ser solidarios llevando provista a los pobres que viven cerca de las estancias. Pero consideran “irresponsable” que se cambien las reglas impositivas, y que se les cobre una parte del daño que dejan al país “de regalo”, zafra tras zafra. Cobrar un impuesto a la exportación de granos en estado natural o elevar impuestos a los latifundios es un paso mínimo, insignificante, en el restablecimiento de un orden que privilegie a la población.

Es que el accionar de quienes producen dinero (para pocos) y el Coronavirus son apenas parte de los desastres que vienen confluyendo para consolidar el hambre: sequías sucesivas, olas de calor, falta de infraestructura para el transporte y almacenamiento de alimentos verdaderos, y nulo circulante entre las capas más pobres de la sociedad, nos ponen en una coyuntura de dinámica muy acelerada, en la que el hambre no podrá seguir siendo resuelto por la capacidad de organización del pueblo demostrada en las ollas populares. Urge tomar las riendas del país y comenzar a resolver esta tragedia.

Contamos con el suelo, el agua, el sol, la agro-biodiversidad y el conocimiento para resolver el problema. Estamos demostrando contar con la capacidad organizativa. Solo falta un paso: encontrar el camino que nos lleve, de la organización de las ollas populares, al poder popular instalado en el Palacio de Gobierno. Y quitar de ese camino el principal obstáculo: la irresponsabilidad y la ceguera de quienes sólo saben producir dinero (para pocos).

 

[1] https://www.theguardian.com/global-development/2020/apr/21/coronavirus-pandemic-will-cause-famine-of-biblical-proportions

[2] https://www.theguardian.com/world/2020/apr/09/coronavirus-could-double-number-of-people-going-hungry

[3] https://www.theguardian.com/commentisfree/2020/jan/08/lab-grown-food-destroy-farming-save-planet?utm_source=2020+GLF+IFOAM+-+Online+participation&utm_campaign=d19f1dc801-GLF%2BIFOAM_agenda_live&utm_medium=email&utm_term=0_05d687f151-d19f1dc801-118203867

Foto portada: Susana Balbuena  – Heñoi

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