DE UN TORO Y SIETE VACAS, A CINCO BURROS Y 15 MILLONES DE VACAS

Por Heñói.

Enero de 2020

Las Naciones Unidas ha tenido la cordura de comprometerse, en la lucha urgente y necesaria para frenar las causas del cambio climático,  instando a comer menos carne porque “…ayuda a ahorrar agua y reduce las emisiones de gases de efecto invernadero, que causan el calentamiento global”. Esto ha generado una furibunda reacción de la Asociación Rural del Paraguay – ARP, uno de los gremios autodenominados “de la producción”.  Para entender esta reacción es necesario mirar de cerca el negocio ganadero.

Desde el año 1545, cuando Gaete ingresara a este territorio un toro y siete vacas que no eran de su propiedad, las condiciones pródigas de tierra y clima favorecieron la salud y reproducción de aquellos animales, y la ganadería en Paraguay se convirtió en un rasgo importante en la historia económica del país.

En 1885 los grandes propietarios de hatos ganaderos, verdaderos herederos del genocidio de 1870, fundaron el primer gremio para la defensa de sus intereses, la “Sociedad Ganadera del Paraguay”, que en 1938 cambió su nombre a “Asociación Rural del Paraguay”, gremio de marcada incidencia en la dinámica política y económica del país hasta nuestros días. La propia Asociación afirma que la expansión del sector cárnico debe un fuerte impulso a la venta de tierras públicas que resultó de la derrota del Paraguay en la Guerra de la Triple Alianza, y la imposición de la privatización de tierras por parte de la banca inglesa y los gobiernos de los países vencedores, aliados con connacionales subordinados a éstos. La aparición de los alambrados comienza a modificar la práctica de desplazamiento de grandes tropas. En 1917 se instala en el país el primer frigorífico de capital extranjero: International Products Corporation. Su primera exportación consiste en 73.443 cajones de carne conservada.

Desde entonces el procesamiento de carne por parte de capitalistas extranjeros, ha sido una constante en la vida económica del Paraguay, hasta hoy. Igualmente se sostiene un sistema de cría ganadera mayoritariamente estanciera, orientada al enriquecimiento del grupo societario oligárquico netamente feudal que se reinstaura después de la guerra de la triple alianza hasta nuestros días, y convive con el capitalismo ganadero.

En las últimas décadas del SXX, el avance de la frontera agrícola como consecuencia de la introducción de los cultivos transgénicos produce la irrupción de una más acelerada deforestación, la búsqueda de alto rendimiento, la especialización de zonas de menor productividad en la producción de desmamantes y el engorde rápido en zonas de pasturas de alta productividad en el norte. En esta dinámica, el Chaco paraguayo padece un proceso de deforestación devastadora en expansión, con alto impacto negativo en la vigencia de derechos de los pobladores originarios de ese territorio.

La ganadería nacional históricamente se desarrolló en dos modalidades productivas: la pequeña ganadería, en manos campesinas, y la ganadería empresarial, de los terratenientes.

La pequeña ganadería sostenible

La pequeña ganadería está en manos de familias campesinas que “desde siempre” han sostenido la cría de una o dos lecheras, y han asegurado el engorde de novillos para autoconsumo, o como “ahorro” al que recurrir ante necesidades especiales, como gastos por enfermedad, viajes, etc. además de criar aves y cerdos para el consumo. Hoy estas familias representan un 38% de la población nacional viviendo en condición rural, cifra elevadísima si se compara con los demás países de la región. Esta población rural resiste el avance del extractivismo agropecuario, y mantiene prácticas productivas muy antiguas en armonía con la naturaleza, con patrones de consumo de bajo impacto.

Las pocas cabezas de ganado bovino están integradas a las fincas. Esta pequeña ganadería, adaptada al ambiente y vinculada a la subsistencia, aporta al sostenimiento de las familias con la venta de subproductos, y está fundamentalmente a cargo de las mujeres, propietarias y gestoras de este bien; son ellas quienes cada día llevan el ganado a pastar en campos comunales u otros piquetes de uso comunitario; son las mujeres quienes ordeñan, conocen los detalles de la lactancia de cada hembra, sanitan sus animales con cuidados maternales y elaboran subproductos destinados al consumo familiar o la venta. Generalmente los animales tienen nombre y descansan en el predio de la vivienda familiar, resguardados de la intemperie. De los animales de la finca las familias obtienen huevos, carne, leche, grasa y abono.

Se desconoce el número de cabezas de ganado en manos campesinas, ya que en muchos casos no están registrados en las estadísticas oficiales. Los animales de estas fincas no son marcados, y en algunos casos están completamente fuera del sistema sanitario estatal. En las fincas campesinas la faena está habilitada con permisos municipales y la distribución y/o venta de la carne respeta criterios de una economía solidaria antes que de mercado.

Esta ganadería sostenible resiste a pesar de la carencia absoluta de políticas públicas que la favorezcan; el campesinado paraguayo no cuenta con créditos, ni seguro agrícola de ningún tipo; no accede a capacitación, ni asistencia técnica, con mucha dificultad a tierras. Las comunidades campesinas están aisladas, sin caminos de todo tiempo, ni siquiera cuentan con mercados municipales que ofrezcan condiciones sanitarias para la comercialización de cercanías. Este abandono del estado constituye en sí mismo una política pública orientada a exterminar del territorio rural a la población campesina e indígena, identificada como una “molestia” para la expansión capitalista extractiva.

La ganadería de la devastación

La ganadería empresarial, la que cría grandes cantidades de bovinos, existe desde las llamadas tropas que, buscando pasto fresco, eran desplazadas de territorio en territorio por los troperos, empleados de latifundistas encargados de guiar las manadas de una zona a otra. Los animales llegaban en pie a los centros poblados, y allí se vendían para el consumo directo. En 1879 llegó al río de la Plata el primer barco frigorífico que operó en la región, “Le Paraguay” que transportaba carne fresca a través del Río Paraná.

Hoy, esta ganadería empresarial detenta el poder económico que le otorgan casi 15 millones de cabezas de ganado bovino, a razón de 2 animales por habitante; además de un territorio ganadero de más de 17 millones de hectáreas. Faena unos 2,5 millones de cabezas al año, y exporta unas 380.000 toneladas/año de carne (Congelados de Carne de Bovino por $592 Millones; Carne Bovina por $577 Millones)[1], lo que lo convierte en el séptimo exportador de carne vacuna del mundo.

El sector representa el 12,1% del Producto Interno Bruto y, según el gremio que nuclea a estos productores, genera unos 385.000 puestos de trabajo directo. La ARP afirma que son aptas para la ganadería en el país unas 26 millones de hectáreas, de los que 5,6 millones están cubiertas con pasturas cultivadas[2]; el resto aprovecha pastizales naturales (10,6 millones) o bosque nativo (10 millones), lo que denota la expansión territorial que proyecta este sector.

Es un sector económico concentrado. El 90% de los tenedores de ganado crían manadas de menos de 100 cabezas, acumulando apenas el 18% del total de hato nacional; por su parte el 10% de los tenedores (que poseen hatos de más de 100 cabezas) son propietarios del 82% del ganado bovino del país. Esta concentración se agudiza si consideramos a los “grandes ganaderos” con hatos de más de 1.000 cabezas: el 2% de los tenedores es propietario del 54% del hato nacional[3].

Del total de la faena, unas 200.000 toneladas se destinan al mercado interno; el consumidor final nacional paga unos U$S 6 cada kilogramo de carne de primera (unos Gs. 36.000), costo muy elevado si se considera que el precio promedio al gancho en ferias ronda los U$S 3 dólares (Gs. 18.000) por kilo.

Son 17 los frigoríficos habilitados para procesar este volumen producido. Entre ellos, tres empresas manejan casi el 70% del total exportado: Frigorífico Concepción, JBS y Minerva Foods, las tres de capital brasileño[4].

Paraguay es el país con el mayor incremento en la producción y las exportaciones de carne vacuna, mostrando un crecimiento de más de 17 veces en los últimos 10 años. Este tremendo poderío económico tiene altos costos sociales y ambientales para el Paraguay.

La mayor parte de la expansión ganadera tiene lugar en el Chaco paraguayo, sobre territorio ancestral de numerosos pueblos originarios y donde integrantes del Pueblo Ayoreo aún viven en aislamiento voluntario. En esta región, la deforestación y la destrucción de vegetación nativa llegan a unas 300.000 ha por año[5]. A estos impactos debidos a la destrucción de la biodiversidad local, se le suman los derivados de la fragmentación de hábitats y los impactos de la invasión de especies exóticas, introducidas principalmente como pasturas forrajeras para la cría de ganado vacuno. Este fenómeno ha sido menospreciado, pero en realidad, constituye uno de los principales obstáculos a la conservación y a la resiliencia de los ecosistemas locales, los que se ven imposibilitados en el cumplimiento de sus ciclos biológicos debido a la competencia con las especies invasoras exóticas, principalmente de gramíneas.

El impacto cae sobre las comunidades humanas locales, principalmente sobre los pueblos indígenas, quienes ven disminuida la productividad de sus ecosistemas, e incluso el acceso a los mismos, con la consecuente merma en la disponibilidad de alimentos, medicinas, materia prima y elementos rituales que esto implica. En este sentido es de destacar que todos los aborígenes que habitan el Chaco, han sido privados de sus territorios ancestrales y han sido reducidos a vivir en apenas el 3% –800.000 de los 25.000.000 de hectáreas que tiene el Chaco paraguayo– de la superficie que habitaban como pueblos originarios de la región citada[6].

Esta ganadería empresarial emplea mano de obra indígena en condiciones infames, por lo que Paraguay ha sido observado en sucesivas oportunidades por Naciones Unidas, incluyendo la relatora especial de Derechos Indígenas. Paraguay cuenta con tres sentencias condenatorias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en causas de disputa de territorio indígena en las que empresas ganaderas se apropiaron de manera fraudulenta del patrimonio originario.

Las cifras de concentración del hato ganadero son coincidentes con las de la inequidad en la tenencia de la tierra (Índice de Gini para propiedad de la Tierra: 0,93). Coinciden también con la inequidad en acceso a bienes (Índice de Palma: 4,2). Contando con apenas 7 millones de habitantes, el país alberga a más de un millón de pobres y pobres extremos, la mayor parte campesinos e indígenas: la brecha de la pobreza total impacta al 17,8% de la población urbana y al 34,6 de la población rural[7].

La ganadería empresarial, al igual que la producción agrícola extractiva (monocultivos de transgénicos) avanza sobre el territorio nacional mediante subsidios encubiertos y todo tipo de estímulo y acompañamiento estatal; con títulos de propiedad fraudulentos; con el apoyo de la fuerza pública (policial y militar) contratada por los inversionistas; con jueces y fiscales que en todos los casos resuelven a favor del mejor pagador.

¿El poder amenazado?

Paraguay es dos países.

Por un lado es el país de habla guaraní; que conserva las prácticas de la minga y el jopoi  para el trabajo, que recurre al trueque y otras formas de economía solidaria. En este país, el de la resistencia, cada día queda menos tierra, menos capital y condiciones para el bienestar.

Por otro lado es el país del agronegocio, donde el control feudal ejercido por terratenientes antiguos o nuevos –creado especialmente durante la dictadura del partido Colorado– va dando acelerados pasos a la penetración capitalista neoliberal que conmocionara la economía paraguaya con la consecuente destrucción de vegetación y, particularmente, con la exhaustiva deforestación que esto implica, y la consolidación de áreas bajo control exclusivo de propietarios privados, impidiendo el funcionamiento legal normal del Estado.

La asociación rural, en su histérico pataleo, amenaza de salirse de la mesa de “Green Commodities”, una falacia con la que el sector más conservador de las agencias de la ONU pretende dar un barniz de mal menor a la producción insostenible que tiene algo de cuidado, lo que llaman las “buenas prácticas agrícolas”. Con esta amenaza la ARP demuestra que la conciencia de sus dirigentes no alcanza, siquiera, para darse cuenta del tremendo problema que tenemos encima.

Para la ganadería insostenible de la ARP, o el cambio climático no existe o, si existe, es un problema ajeno. Son afirmaciones que bien pueden equipararse a las temerarias consideraciones que Eduardo Felippo expuso sobre la ciencia, o al “respeto” que la dirigencia de la UGP, la Fecoprod y la Capeco tienen hacia el principio precautorio como criterio de cuidado hacia los seres vivos. Cinco gremios líderes en la destrucción del Paraguay, y al paso que vamos, grandes contribuyentes a la extinción de la especie humana.

 

[1] Observatory of Economic Complexity del Instituto Tecnológico de Massachusetts, disponible en: https://atlas.media.mit.edu/es/profile/country/pry/

[2] https://www.arp.org.py/images/Paraguay-y-el-Sector-Carnico.pdf

[3] Senacsa. Informe Población animal y movilización de ganado 2017. Disponible en: http://www.senacsa.gov.py

[4] Vuyk, Cecilia. Industria cárnica, producción nacional estratégica ¿a beneficio de quién?. Con la soja al Cuello 2017.

[5] Lovera, M. 2014 The Environmental and Social Impacts of Unsustainable Livestock Farming and Soybean Production in Paraguay: A Case Study. (Amsterdam: Global Forest Coalition)

[6] Cifra calculada en base a datos publicados por la Comisión de Carne de la Asociación Rural del Paraguay

[7] Pobreza Monetaria y Distribución. Boletin 2018, Dirección General de Estadísticas, Encuestas y Censos (DGEEC). Disponible en: http://www.dgeec.gov.py

 

Foto portada: ip.gov.py

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