Tu vida pende de un grano

Por Heñói

Julio de 2019

 

Sin semillas no hay comida, sin comida no hay vida. Las semillas son el primer eslabón de la cadena alimentaria, y desde hace al menos 10 mil años han estado en manos de millones de agricultores a lo largo y ancho del planeta. Sin embargo, durante el último medio siglo la expansión del sistema alimentario agroindustrial, con sus semillas híbridas y transgénicas, y su comida ultraprocesada, ha ido despojando paulatinamente a los productores del conocimiento y las condiciones materiales para reproducir las semillas, los alimentos sanos, y por lo tanto la vida.

Paraguay es desde siempre un país productor de materias primas agropecuarias, y entre ellas, un extraordinario productor de alimentos sanos y nutritivos; esa condición haría pensar que un factor tan importante para esa producción –las semillas- contaría con políticas de defensa y promoción; con análisis públicos de costo, con programas de multiplicación, de investigación, de conservación. Como en otros temas que constituyen factores estratégicos para el país, esas políticas no existen en Paraguay, y nuestro patrimonio fitogenético sobrevive gracias a pequeños productores y productoras de la agricultura familiar, y está cada día más amenazado. Familias, comités y organizaciones vienen desempeñando desde hace años la necesaria tarea de rescatar, proteger y promover semillas nativas; motivan, instruyen y orientan la reproducción de semillas; las exhiben y celebran; las comparten y valoran. Es una tarea heroica en tiempos de guerra agro-bio-alimentaria, impulsada por las corporaciones biotecnológicas, realizada en un contexto adverso, ya que las únicas políticas públicas están orientadas a impulsar monocultivos transgénicos, lo que constituye un sabotaje a la agricultura campesina.

La dependencia semillera

En el año 2018 Paraguay importó semillas por un total de 390.000 millones de Guaraníes. Solo en semillas de hortalizas el país erogó casi 3 millones de dólares, y más de 4 millones en semillas de pasto. El costo de insumos foráneos, entre fertilizantes y plaguicidas, de los que depende nuestra producción agrícola – principal rubro productivo – ronda los 1.200 millones de dólares en 2018; es el monto de nuestra dependencia productiva.

Este volumen de negocios semilleros está concentrado en pocas manos. En el caso de las semillas con modificación genética, la multinacional Monsanto Paraguay SA (hoy propiedad de Bayer SA) concentra más del 32% del volumen importado legalmente. En cuanto a semillas hortícolas, la empresa Rural Makro Import Export SA (de capital brasileño) se queda con más del 42% de la renta de esas importaciones.

La importación de semillas implica, necesariamente, el abandono de la producción semillera local. La pérdida de cultivares, de conocimiento, de prácticas, está conduciendo al país a un retroceso histórico. La autonomía desarrollada por el Paraguay durante el periodo francista podría haber dejado viva la impronta de la soberanía, por lo menos, en cuanto a producción agropecuaria; sin embargo, décadas de atraso en industrialización, incorporación de tecnologías y producción de conocimiento, no solo nos han hecho dependientes en cuanto a tecnologías “modernas”; también nos han llevado a una grave vulnerabilidad alimentaria. La dependencia se profundiza y la vulnerabilidad se agrava.

Las amenazas más cercanas

La peligrosa alianza entre empresas privadas y Estado para favorecer la producción no sostenible que condena a nuestro país a la dependencia, se pone una vez más en evidencia con la inminente realización del III Congreso Paraguayo de Semillas, III Expo Semillas y III Expo Ciencia y Tecnología de Semillas, organizado por la Asociación de Productores de Semillas del Paraguay (APROSEMP), con la co-organización de la Asociación Paraguaya de Obtentores Vegetales (Parpov) y el Servicio Nacional de Calidad y Sanidad Vegetal de Semillas (Senave)[1]. La actividad tiene cuatro ejes temáticos: “Biotecnologia; Propiedad intelectual, Tecnología de producción de semillas, y Políticas de semilla nacional y entorno internacional”.

Los expositores previstos y la difusión que realizan los responsables dejan en evidencia que el encuentro promocionará la incorporación de nuevas tecnologías de modificación genética, y muy especialmente promoverá cambios en el marco normativo, con la adopción de UPOV 91. El reciente acuerdo para la suscripción de un tratado de Libre Comercio entre la Unión Europea y el Mercosur, en el capítulo sobre propiedad intelectual, establece que cada Parte deberá proteger los derechos de las variedades de plantas, de acuerdo con la Convención Internacional para la Protección de Nuevas Variedades de Plantas, adoptada en París el 2 de diciembre de 1961, revisada por última vez en Ginebra el 19 de marzo de 1991 (UPOV 1991)[2]. Esta última versión del Convenio UPOV criminaliza a los productores que usan semillas propias, sin patentes. De avanzar en este plan, se concretaría un golpe mortal a la resistencia heroica del campesinado paraguayo, y de los demás países del MERCOSUR.

La experiencia de Heñói

La plataforma Heñói viene desarrollando encuentros, talleres y capacitaciones desde 2010. Sus técnicos han recorrido casi todos los departamentos del país, visitando cientos de fincas campesinas y comunidades indígenas. Lograron colectar 12 cultivares de habillas; 18 de porotos; 8 de poroto manteca; 12 de maní; más de 400 variedades de mandioca. Encontraron vivas 54 accesiones de maíz, de las 10 razas identificadas, y hasta donde se pudo analizar, sin presencia adventicia de modificación genética. Esta tarea viene realizándose sin apoyo estatal, con el único amparo de la conciencia que obliga a pensar en el futuro de la población paraguaya. Adicionalmente Heñói viene organizando ferias de semillas nativas y criollas de alcance distrital, departamental, regional y nacional. En esos encuentros se realizan capacitaciones y debates, buscando persuadir y motivar a cada agricultor/a, para defender ese patrimonio.

Tras 10 años de experiencia sabemos que en opinión de muchos compatriotas de la ciudad “el campesino tiene tierra y semillas, y si le va mal es porque es analfabeto, primitivo y haragán”. Esta concepción mentirosa de la realidad está alimentada por un Estado cuyos operadores tienen intereses cabalmente coincidentes con los de las empresas del agronegocio, apoyados por la prensa comercial que repite afirmaciones falsas y temerarias. Para los funcionarios, y sus patrones agroexportadores, la permanencia de población rural es un problema; necesitan vaciar el campo para expandir sus monocultivos tóxicos.

La realidad que constatamos es bien diferente; el campesinado paraguayo y los pueblos indígenas, sin ningún tipo de apoyo, siguen manteniendo viva y sana la agro-biodiversidad de los principales rubros de autoconsumo. No avanza en un manejo de germoplasma con técnica y conocimiento, pero tampoco retrocede. Busca innovar ofreciendo un procesamiento artesanal de subproductos; algunos incursionan en la elaboración de bio-insumos; unos pocos conservan las tradiciones de preparación de compuestos aplicables a sus cultivos. El fruto de los esfuerzos campesinos puede estimarse en no menos de 2 millones de toneladas de alimentos sanos, que abastecen al menos la mitad de la demanda alimentaria local. Es la base de la vida de todo ciudadano que habita estas tierras, y es la fuerza que sostiene la existencia del pueblo paraguayo, decidido a resistir, por el tiempo que sea necesario, al precio que sea necesario, sin renunciar a su identidad campesina, indígena y paraguaya.

La próxima Feria HEÑÓI JEY será el sábado 27 de julio, animada por el mismo lema que orienta todas las ferias desde 2010: nuestra semilla, nuestra soberanía. Sabemos que cada surco trabajado por nuestros compatriotas es la última trinchera de defensa de la soberanía nacional; y esa defensa necesita sumar la conciencia de otros sectores de la sociedad: académicos, activistas, políticos y sobre todo consumidores responsables, que serán, con su demanda, quienes definan el futuro de la producción nacional.

[1] http://congreso.aprosemp.org.py/

[2] Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales – UPOV, es una organización intergubernamental con sede en Ginebra, Suiza. Ha promovido el Convenio UPOV que fue adoptado en París en 1961, y fue revisado en 1972, 1978 y 1991.

Material libre para su difusión citando la fuente.

Fotos: Susana Balbuena.

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