Crisis del capital, superextractivismo y lucha por la tierra

Luis Rojas Villagra – Heñói

La economía del Paraguay, pequeña en relación a otras economías de la región, pero plenamente integrada al sistema capitalista internacional, muestra en su dinámica y desarrollo las tendencias, contradicciones y tensiones de la economía mundial en su etapa actual, caracterizada por una situación de crisis en el proceso de acumulación, recesión económica y confrontaciones permanentes, tanto en el plano económico como en el geopolítico, por el mercado mundial y el control de los recursos naturales o bienes comunes.

El escenario de crisis mundial, desatado con fuerza a partir de los hechos del 2008 en los EEUU, y rápidamente propagado al resto del mundo, no ha sido superado hasta la actualidad, a pesar de las innumerables políticas de rescates y reanimación en clave neoliberal, que se han llevado a cabo en los EEUU, Europa y la mayor parte del mundo. Sin embargo, la hegemonía en el sistema mundial sigue siendo de los capitales concentrados, las corporaciones financieras y sus diversos brazos ejecutores, como gobiernos y organismos multilaterales, con lo cual las medidas adoptadas, los ajustes y dinámicas desplegadas han sido fundamentalmente dirigidas a restablecer y reactivar los procesos de acumulación de capital a escala mundial, de modo a superar la crisis mencionada, sin modificar el modelo neoliberal imperante. Ejemplo de esto han sido las medidas implementadas en países como Grecia, Argentina y en el propio imperio norteamericano.

En el caso paraguayo, al ser una economía dependiente de limitado desarrollo industrial, la matriz productiva se sustenta en actividades primarias, como los monocultivos transgénicos y la ganadería a gran escala, complementada con la agroexportación de los commodities generados. Por tanto, el control y explotación de la tierra es una variable fundamental para dinamizar la acumulación capitalista, lo cual impulsa procesos de disputa territorial, acaparamiento y concentración de la superficie rural. Al mismo tiempo, han tomado gran impulso los negocios inmobiliarios vinculados a la tierra urbana, con un fuerte componente especulativo, generando procesos similares a los observados en el campo, es decir, acaparamiento y concentración de la tierra urbana y consecuentemente, desplazamiento y marginación de la población en dichas zonas. El acceso y control de la tierra, tanto rural como urbana, se constituye en el eje principal de los conflictos en Paraguay.

Crisis y el nuevo imperialismo

La crisis económica mundial, resultado de la conjunción de múltiples causas y con innumerables consecuencias, ha exacerbado y profundizado varios rasgos dañinos del modelo neoliberal, de modo a ir superando los límites y obstáculos a la reproducción del capital y la generación de ganancias. Estos límites estructurales resultantes de la propia dinámica del sistema capitalista, como la sobreacumulación de capital, el subempleo y bajo consumo de sectores mayoritarios de la población, el elevadísimo endeudamiento, la hegemonía financiera especulativa, el agotamiento y destrucción de los recursos naturales, entre otros, han sido más bien ocultados por los poderes hegemónicos, para evitar los cambios estructurales y buscar salidas dentro del marco del sistema neoliberal: ajustes fiscales, privatizaciones, recortes de la inversión social y servicios públicos; reformas laborales y jubilatorias regresivas; renovado endeudamiento de gobiernos, empresas y familias; mayores estímulos a la cultura y hábitos consumistas; ampliación e intensificación de la explotación de la naturaleza, la producción de commodities y los negocios inmobiliarios; e incluso, el crecimiento de sectores ilegales de acumulación, como el narcotráfico, grupos parapoliciales, tráfico de armas, entre otros.

Estos determinantes de la crisis del capitalismo en el siglo XXI, y algunos mecanismos de ajustes que se han verificado, han sido analizados por el geógrafo marxista David Harvey (2004), quien ha destacado una característica central de lo que llaman el nuevo imperialismo, en referencia al comportamiento del capitalismo en el periodo neoliberal, a saber: los procesos de acumulación por desposesión, que Harvey asemeja a los procesos de acumulación originaria de Marx, al imperialismo de Lenin y de acumulación de Rosa Luxemburgo, a los que ve limitados y por tanto, los replantea y actualiza:

“La incapacidad de acumular a través de la reproducción ampliada (…) ha sido acompañada por crecientes intentos de acumular mediante la desposesión. (…) la descripción que hace Marx de la acumulación originaria revela un rango amplio de procesos. La mercantilización y privatización de la tierra y la expulsión forzada de las poblaciones campesinas; la conversión de diversas formas de derechos de propiedad (común, colectiva, estatal, etc.) en derechos de propiedad exclusivos; la supresión del derecho a los bienes comunes; la transformación de la fuerza de trabajo en mercancía y la supresión de formas de producción y consumo alternativas; los procesos coloniales, neocoloniales e imperiales de apropiación de activos, incluyendo los recursos naturales (…) la usura, deuda pública y el sistema de crédito. El Estado, con su monopolio de la violencia y sus definiciones de legalidad, juega un rol crucial al respaldar y promover estos procesos…” (Harvey, 2004: 113).

Siguiendo al autor, las formas de la acumulación originaria no se dieron solo en la fase previa del capitalismo, sino que fueron una constante a lo largo de su desarrollo histórico, y se han desarrollado tanto hacia sectores no capitalistas, como señala Luxemburgo, como dentro del propio sistema, como enfatiza Harvey. El autor añade que, a las formas históricas de esta acumulación por desposesión, se han agregado mecanismos recientes, propios del periodo neoliberal, como la propiedad intelectual, la biopiratería, privatizaciones, etc. En este proceso el rol de los Estados es fundamental, para legalizar el despojo y reprimir por la fuerza en los casos de resistencia social: “el poder del Estado es usado frecuentemente para forzar estos procesos, incluso en contra de la voluntad popular” (ídem.: 115). Es lo que nítidamente se viene observando a lo largo y ancho del continente desde hace décadas, y en el caso de Paraguay con mucha intensidad, la desposesión de la tierra de comunidades rurales y urbanas.

El extractivismo rural

El contexto de crisis mencionado ha impulsado una expansión sin precedentes del capitalismo globalizado en el ámbito rural, en la agricultura, la ganadería y la extracción de recursos naturales. Por la escala y velocidad de esta expansión se podría hablar de un superextractivismo, una etapa de radicalización e intensificación de los procesos de desposesión y explotación primaria, como sucede con los monocultivos transgénicos, las minas a cielo abierto y el fracking, con el fin de incrementar la producción, las ventas y las ganancias de los grupos corporativos. En esta expansión, las comunidades campesinas e indígenas representan un obstáculo que debe ser removido del mundo rural, para lo cual se ha generado un discurso hegemónico que legitima la expulsión de la población, argumentado la necesidad de la modernización de las formas productivas, y la necesidad de superar las prácticas tradicionales, calificadas como atrasadas, improductivas y no rentables.

Por diversos mecanismos, como la compra, procesos judiciales, desalojos, contaminación, hostigamiento, la tierra es transferida, legal o ilegalmente, al sector terrateniente o empresarial para su explotación. La violencia es un factor fuertemente presente en estos procesos, así como el apoyo estatal. En los últimos meses, se dieron varios enfrentamientos y desalojos en torno a la tierra rural, como en el sentamiento campesino San Juan, de Puente Kyha, en la Comunidad indígena Takuara’i, distrito de Corpus Christi, el asentamiento campesino Pindo’i, distrito de Tembiaporá, la Colonia campesina R.I. 14 Sur, distrito de O’leary: la Comunidad 6ta Línea Mcal. López, distrito de Capiibary, en el asentamiento Guahory, distrito de Tembiaporá, entre varios otros.

Estos recurrentes episodios tienden a concentrar aún más la tierra en un país de histórica estructura latifundista, al punto que hasta el propio Banco Mundial lo destaca en algunas publicaciones recientes, como cuando afirma que “El actual modelo de desarrollo rural ha alimentado la concentración de la tierra, ubicando a Paraguay como el país con el mayor nivel de des­igualdad de tierras en el mundo con un coeficiente de GINI de 0,93” (Banco Mundial, 2018: 7).

El extractivismo urbano

Condicionado por la situación de sobreacumulación de capital existente, un fenómeno similar al observado en el ámbito rural se viene dando cada vez con mayor fuerza en los territorios urbanos, con procesos de acaparamiento, desposesión y especulación inmobiliaria. Por sus similitudes con lo que sucede con la tierra rural, algunos autores lo han denominado extractivismo urbano, afirmando que “en las ciudades (…) es la especulación inmobiliaria la que expulsa y aglutina población, concentra riquezas (…). La mercantilización de la vivienda hasta el paroxismo (…), el inmueble deja de ser un bien de uso para convertirse en un bien de cambio” (Viale, 2017: 15).

La necesidad de grandes poblaciones de habitar las ciudades, para acceder a empleos, educación y otros servicios, ha sido identificada por el mercado como una oportunidad de negocios, a través de loteamiento, desarrollo inmobiliario, infraestructuras, alquileres, en los más diversos formatos, siempre en función al poder adquisitivo de los diferentes sectores. Con el tiempo, los sectores populares urbanos van siendo expulsados por dicho negocio que genera acaparamiento y encarecimiento del espacio urbano. El área urbana más importante la constituye la capital, y las ciudades aledañas ubicadas en el Gran Asunción, donde habitan cerca de 2 millones de habitantes. Es la zona que más migrantes rurales, campesinos e indígenas, recibió a partir de la década del setenta, por la dinámica extractiva expulsora implementada con el modelo de la revolución verde. Desde entonces la urbanización periférica ha sido intensa, en medio de precariedades y sacrificios diarios, constituyendo con el tiempo urbanizaciones populares arraigadas.

Un ejemplo de esto son los Bañados de Asunción, territorios inundables en el margen del río Paraguay, donde levantaron sus viviendas y habitan cerca de cien mil personas, sin tener título de propiedad por ser un territorio fiscal. La valorización del espacio urbano en la capital ha hecho apetecibles para el sector inmobiliario dichas tierras históricamente despreciadas, con lo cual se vienen implementando desde el gobierno grandes obras de infraestructura, como avenidas costaneras, viaductos, puentes, para hacer “habitable” dicho territorio, con la excusa de la necesidad de descongestionar el intenso tráfico vehicular asunceno. La población está siendo desplazada hacia otros lugares, reubicada en lugares lejanos o simplemente expulsada por el avance de las obras, no sin generar múltiples conflictos y resistencias al despojo.

En Paraguay se estima en 1 millón de viviendas el déficit habitacional actual, situación que afecta a casi la mitad de la población. El modelo plantea al mercado inmobiliario con la principal vía de acceso a un inmueble, en función a los ingresos de la población, sin embargo, además del precio cada vez más alto en este sector, los niveles de ingresos de los sectores populares, de trabajadores, siguen siendo mayormente bajos e inestables. Casi el 50 % de la población económicamente activa gana menos del salario mínimo vigente, por lo cual no son sujetos de créditos hipotecarios o similares. En algunos distritos urbanos como Itaugua, J. A. Saldívar, Itá, donde históricamente se arraigaron una gran cantidad de productores hortícolas, desde donde proveían de productos agrícolas a Asunción, hoy se enfrentan a la masiva compra de tierras en sus territorios por parte de las empresas loteadoras, que con mucho dinero, más apoyo político y judicial, se van apoderando de las tierras. Los horticultores van quedando sin un lugar donde producir, frente al acelerado avance de los negocios especulativos, que compran en efectivo varias hectáreas, para lotearlas y venderlas a plazos de 5 o 10 años, generándose ganancias de más de 1.000 % en el proceso.

En los últimos meses se vienen intensificando los desalojos de miles de familias de asentamientos urbanos, generados de forma espontánea por la inacción del Estado. Estos desalojos ejecutados por grandes dotaciones policiales, se vienen realizando casi semanalmente, con una violencia innecesaria y una estigmatización mediática hacia los pobladores desalojados. Algunos casos fueron los desalojos en las ciudades de Luque, M. R. Alonso, Limpio, Caaguazú y Ciudad del Este. Solo en estos 5 casos, fueron expulsados unas 3.200 familias, entre 10 y 12 mil personas, y en general los líderes quedaron imputados y/o encarcelados. En el primero de los casos, incluso el desalojo no fue sobre un terreno privado, sino en uno fiscal, propiedad de una empresa pública.

El gobierno, terratenientes e inmobiliarias se han mostrado unidos y amenazantes en este proceso, que se percibe como innecesariamente violento e injusto por amplios sectores sociales. A la par que se profundiza el extractivismo rural y urbano, y los procesos de desposesión para facilitar los negocios privados, también aumenta el descontento social y se radicalizan las resistencias de las comunidades, abriéndose un escenario futuro de agitada incertidumbre y necesidades confrontadas, entre el capital concentrado apoyado por el Estado, y los sectores populares, cada vez más indignados y decididos a luchar por sus derechos.

Fotos: Fanpage CODEHUPY

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